ESQUELETO
SE MUEVE
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CUANDO EL
ESQUELETO
SE MUEVE
Isabella Riveros Cubillos
Antes de entender lo que era la danza, mi cuerpo ya estaba en constante movimiento. Desde pequeña nunca supe lo que era quedarme quieta. Siempre estaba corriendo, saltando o cayéndome por andar de un lado a otro, sin saber que aquello que parecía solo energía de niña terminaría convirtiéndose en algo mucho más importante en mi futuro.
Un día, mientras jugaba con mis amigas, vi un salón que nunca había conocido. Dentro había niñas con peinados recogidos que giraban por el espacio con una precisión que me llamó profundamente la atención. Era un salón sin mesas ni sillas, únicamente un espejo grande y la mesa de la profesora. No entendía exactamente qué estaba viendo, pero había algo en ese espacio que me generaba una curiosidad difícil de explicar. Desde entonces, me emocionaba pensar que algún día podría entrar ahí.
Cuando llegó el momento de escoger una clase artística, mi primera opción fue danza. Nunca me había atrevido a entrar en ese salón que alguna vez me fascinó tanto, pero el primer día de clases me sentí diferente: libre, feliz y al mismo tiempo llena de expectativas. Fue entonces cuando empecé a entender que la danza no era únicamente algo que me gustaba hacer, sino un espacio donde comenzaba a encontrar algo que realmente me apasionaba.
LA VIDA CAMBIA Y LAS PERSONAS TAMBIÉN
Decisiones de vida
Después de lo que fue un año encerrada en mi casa sin poder moverme ni bailar más allá de una pantalla durante la pandemia, tuve una charla importante con mi mamá. Me hizo entender que, más allá de lo que pudiera hacer, lo importante era construir una vida en la que me sintiera feliz y en paz.
Antes de tomar una decisión definitiva, decidí tomarme un par de meses para pensar con calma y no actuar impulsivamente. Durante ese tiempo seguí asistiendo a la academia de baile en la que inicié y cada día me enamoraba más de las posibilidades de mi cuerpo. Poco a poco empecé a notar que no solo disfrutaba bailar, sino que también avanzaba en mis habilidades y entendía mejor mi propio movimiento.
Ese fue el momento en el que le dije a mi mamá que mi decisión de vida sería ser bailarina.
UN NUEVO INICIO
Ciclo básico
En Principios de actuación I con Sofía Monsalve y Abdenis Bermúdez, me di cuenta rápidamente de que actuar no era realmente lo mío. Aunque era disciplinada en clase, no era algo que disfrutara. Encontraba mucha más comodidad en moverme y permitir que mi cuerpo expresara cosas que mis palabras enredadas muchas veces no lograban transmitir.
Sofía Monsalve me enseñó algo que terminó siendo muy importante para mí proceso: para un artista lo más importante es estar presente. Aunque este inicio no fue mi experiencia favorita dentro de la carrera, fue uno de los momentos que más marcaron mi formación escénica. Con el tiempo entendí que ese tipo de aprendizajes terminan acompañando todo el proceso artístico.
Uno de los recuerdos más felices de mi ciclo básico fue Principios de la danza II con Susana Gómez. No solo porque seguía haciendo algo que me gustaba, sino porque fue el momento en el que empecé a entender que la danza, además de ser movimiento, también podía ser un espacio de disfrute y conexión con el otro. Poco a poco empecé a notar que mi movimiento podía expandirse más allá de mi propio cuerpo y conectarse con el espacio, con el otro y con las formas en que permitimos que otros entren en nuestro espacio.
TODO PASA AL MISMO TIEMPO
Inicio del ciclo profesional
En mis inicios en el ciclo profesional sabía que sería la danza la que guiaría mi mundo, y que me enfocaría en mejorar cada día más. No contaba con que nunca había hecho una audición antes, así que ese primer semestre de ciclo profesional no vi un ensamble como ejecutante, sino como iluminadora. Ver el Ensamble de iluminación con Claudia Tobón me ayudó bastante a entender que no solo es la persona la que llena el espacio, sino que todo lo que está en escena ayuda a crear diferentes sensaciones e imágenes en el espectador.
Este mismo semestre cursé mi primera clase de Técnica Básica de Danza Contemporánea con Rafael Nieves y Juana Galindo, donde descubrí que no todo era exploración libre con mi cuerpo. Allí entré al mundo del Contact Improvisation, donde empecé a encontrar corporalidades con las que no estaba acostumbrada a trabajar e inicié un camino de descubrimiento sobre los pesos de mi cuerpo, las formas de apoyo y las diferentes maneras de recibir el cuerpo de otra persona en mi eje, así como todo lo que se puede crear a partir de un movimiento diferente.
Ese mismo semestre comencé a trabajar en un call center nocturno. Fue ahí cuando entendí que no podía sostener todo al mismo tiempo. La carga física y emocional empezó a acumularse, y aunque estaba feliz con lo que hacía, también comenzaba a exigirme más de lo que podía sostener.
¿PREGUNTAS?
Siempre me generó curiosidad ver cómo otras personas se hacían preguntas como artistas, mientras yo sentía que siempre estaba un paso más atrás. ¿Será esto generado por mi inconformidad con mi movimiento, o es porque realmente no siento inconformidad con él? Cada clase, escrito o trabajo académico me dejaba con la misma sensación de que algo estaba mal conmigo. Sin embargo, no me sentía abrumada. Más bien, me consumía la pregunta de por qué todo el mundo se cuestionaba cosas como artista y yo no. ¿Será porque no me veo siendo artista en Colombia?
Siempre me imaginé en otro país; no solo en otro país, sino fuera de Colombia. No porque no me guste vivir acá, sino porque vivir del arte en Colombia (más específicamente de la danza) es mucho más complejo. Los grupos de bailarines ya suelen estar conformados, y cualquier persona por fuera de ellos tiene una oportunidad muy baja de entrar en proyectos culturales que se forman. Si bien en otro país la situación no sería completamente diferente, siento que existen más oportunidades para bailarines que en Colombia.
Cuando inicié mi proceso en el Laboratorio de Composición Coreográfica con Humberto Canessa (la primera clase que me costó en la carrera) fue cuando entendí que las preguntas son válidas y que no necesariamente deben surgir en un ámbito académico o social. Durante esta clase me preguntaba mucho sobre mi movimiento y sobre lo que yo quería hacer con mi danza: ¿Qué quiero decirle al mundo?
Ahí inició mi proceso de descubrimiento sobre el cuerpo femenino en la sociedad actual. No solo fue una exploración para explorar la sensualidad de la mujer, sino también para entender cómo esta sensualidad puede reflejar la sociedad en la que vivimos hoy, sin caer en el estereotipo de mostrar piel y nada más.
El semestre en el que cursé el Laboratorio de Composición Coreográfica me di cuenta de que el mundo se me estaba yendo de las manos. Siempre creí tener todo bajo control, pero no era así. El trabajo en el call center se estaba volviendo cada vez más abrumador; tuve dificultades emocionales, problemas con mis compañeros de clase, y nada estaba saliendo como yo esperaba. Fue en este laboratorio donde entendí que no todo es ejecutar, sino que también hay que crear: crear con fundamentos, bases y estrategias que me permitieran salir de mi primer bloqueo creativo.
Al enfrentarme a mi primera experiencia creativa completamente libre: me estanqué. Sentía que nada estaba saliendo bien y que mi propósito como artista iba a ser únicamente la ejecución, aun sabiendo que me apasionaba la enseñanza y la posibilidad de crear algo propio para compartir con el mundo.
En toda mi carrera nunca había tenido un bloqueo creativo, pues siempre podía seguir ideas de alguien más o inspirarme en lo que veía a mi alrededor. Pero al enfrentar esta primera experiencia propia me vi envuelta en muchos conflictos con mi forma de ver las cosas, y especialmente con mi forma de entender la danza. Fue ahí cuando volví al dilema: ¿cuál es mi intención comunicativa como bailarina? Todos parecían tener preguntas, ideas y claridad sobre lo que querían hacer, pero en ese momento yo no.
Cuando me di cuenta de que estaba estancada, decidí seguir adelante. Reconecté con mis hobbies y encontré nuevamente la inspiración en canciones viejas que me hacían moverme de la manera más genuina posible. Gracias a eso logré salir de ese bloqueo creativo que me había mantenido estancada durante varias semanas.
Fue en ese momento donde mi pregunta más grande nació: ¿cómo sigue moviéndose un cuerpo cuando duda de su lugar?
Durante este bloqueo me cuestioné profundamente sobre mi danza: si realmente estaba haciendo lo que me gustaba y si de verdad sabía cómo salir adelante con mi carrera. Estar en ese bloqueo creativo y empezar a salir de él me hizo darme cuenta de que no solo era el estrés académico lo que me consumía, sino también todo lo que estaba ocurriendo fuera de la universidad.
Cuando comencé a salir de ese hueco de ansiedad y desesperanza, los nudos que me ataban empezaron a deshacerse. Salí de mi trabajo, terminé mi relación, me alejé de amistades que no me estaban aportando e inicié un proceso de enfocarme en lo que mi mente realmente necesitaba en ese momento: espacio y claridad para poder crear.
LO QUE ME HACE MAL
El bailarín en Colombia
A lo largo de la carrera me di cuenta de que no todo era bueno. Había materias, personas y maestros que no me hacían bien. Fue en el Laboratorio de Dramaturgia del Movimiento donde descubrí los favoritismos dentro de la carrera y por parte de algunos maestros. Estar en constante comparación con otros era algo que me hacía daño. Alimentaba las voces en mi cabeza que me decían que no podría ser nada más que una copia de alguien más.
Esta experiencia me hizo caer en cuenta de que muchos de los bailarines en Colombia ya estaban establecidos, y que probablemente eso no cambiaría fácilmente. No digo que esté mal que existan bailarines consolidados en el país. Lo que me preocupa es que, al ya estar esos espacios ocupados, quienes también queremos vivir de esto encontramos menos oportunidades. Eso es lo que realmente me afecta.
El problema no es únicamente que algunos profesores tengan estudiantes favoritos o comparen a sus alumnos entre sí. El problema es que esto no solo ocurre dentro de la universidad, sino también fuera de ella. Tampoco quiero desmeritar a las personas que hacen parte de esos grupos más visibles, pues algo estarán haciendo bien para estar allí. Sin embargo, cuando estos favoritismos se evidencian públicamente, es cuando el artista empieza a perder su esencia. Empieza a querer ser alguien más y la individualidad del estudiante se diluye. Eso es justamente lo que no quiero. No quiero seguir las pautas de alguien más ni vivir a la sombra de otra persona solo porque, si soy como ella, tal vez logre salir adelante.
La opinión de las personas, aunque no queramos, siempre tiene un peso. No necesariamente en lo que yo quiera o no hacer, sino en cómo presento lo que hago y cómo lo comunico para poder salir adelante con mis propias ideas. Frente a esto, tomé una decisión clara: no construir mi proceso desde la comparación, sino desde la exploración de mi propio cuerpo.
REENCONTRAR(ME)
Después de un periodo de saturación, decidí bajar la carga académica. Este espacio se convirtió en un momento de pausa y reflexión. Por eso decidí cursar dos semestres matriculando solo la mitad de la matrícula. Estos dos semestres, aunque no fueron continuos, se convirtieron en una forma de respirar en medio de todo el caos sobre lo que estaba haciendo.
En esta primera media matrícula, después de todo el caos mental y físico que estaba atravesando, decidí tomar la Técnica Básica de Somática – Oriente, con Alejandro Convers y Rafael Nieves. Cuando vi que la clase tendría un enfoque hacia el yoga, me interesó desde el primer momento, pues en esa época mi tía estaba realizando un curso de yoga. Pensé que podría ayudarme bastante a convertirme en una persona más calmada.
Sin embargo, ese pensamiento cambió durante el proceso. No porque la práctica no ayudara, sino porque fue una clase que me confrontó con aspectos de mi personalidad y me llevó a reflexionar sobre muchas más cosas. No fueron pensamientos negativos; todo lo contrario. Fue específicamente en la quinta semana de clase cuando hablamos sobre Ahimsa, un principio de la no violencia en el yoga. En ese momento me di cuenta de que la ira no es necesariamente un mal sentimiento; también puede ser algo necesario. Justo cuando estaba saliendo de ese ciclo de pensamientos obsesivos y desgastantes, aprender a reconocer y manejar esas emociones mediante el yoga me hizo entender que la energía con la que me proyecto al mundo (y a mí misma) es fundamental.
Fue ahí cuando comenzó mi interés por el Kundalini Yoga. Además de ser una práctica enfocada en la vitalidad, me llamó la atención su relación con la energía femenina y con la idea de la ira femenina. Había algo en ese concepto que me intrigaba profundamente. No se trata de una ira cualquiera, sino de una ira que muchas mujeres suelen apaciguar o reprimir por el simple hecho de ser mujeres y por la presión social de permanecer en silencio o controlar nuestras emociones. Un pensamiento que, definitivamente, no coincide con mi verdadera personalidad.
Aceptar que la ira también forma parte de mí me hizo darme cuenta de que las mujeres tenemos mucho que decir y expresar. Comprender esa emoción y canalizarla a través de la práctica del yoga despertó en mí una sensación de fuego interno que no había experimentado antes. No solo aprendí a reconocerme, sino que también encontré un nuevo propósito: comunicarme a través de emociones distintas a las que comúnmente se muestran, como la alegría o la tristeza.
Al mismo tiempo, durante ese mismo semestre tomé una de las clases que más me marcó a nivel teórico: Puesta en Escena de Teatro Colombiano, con Alejandra Marín. Aunque las clases teóricas no suelen ser mi fuerte, esta asignatura se conectó profundamente con mis reflexiones constantes sobre la mujer en la sociedad colombiana.
No me considero feminista, pues no me identifico con muchos de los ideales que algunas corrientes feministas proponen. Sin embargo, analizar la obra Rubiela Roja, de Victoria Valencia, me hizo pensar nuevamente en que las mujeres tenemos algo que decir y una historia que contar. Las personas estamos acostumbradas a ver la vida y la historia de las mujeres desde una perspectiva masculina. Por eso, estudiar una obra escrita por una mujer y centrada en experiencias femeninas me llevó a cuestionarme sobre todo lo que las mujeres somos capaces de crear y expresar por nosotras mismas.
Considero que este primer respiro que me di durante la carrera se alineó con mi proceso personal. Mi práctica artística comenzó a conectarse con la forma en la que quiero presentarme al mundo: no solo desde el cuerpo, sino también desde un pensamiento histórico y crítico sobre lo que significa ser mujer, y además ser mujer colombiana.
Antes no me había permitido reflexionar sobre esto con profundidad, en parte por el miedo constante al “qué dirán” y por la idea de que la vida que llevo en Colombia no ofrecía muchas posibilidades. Sin embargo, en un periodo de menos de seis meses, mi historia personal, mi contexto social, mi género y mi práctica artística comenzaron a dialogar entre sí. Fue entonces cuando entendí que, efectivamente, sí tengo algo que decir.
Después de un periodo lleno de pensamientos obsesivos, volver a la danza me generaba miedo. No porque dudara de mi capacidad, sino porque muchas veces sentía que no destacaba y que era simplemente una ejecutante más. Sin embargo, Ensamble de Danza, con Diana Salamanca, se convirtió en una de las mejores experiencias que he tenido como ejecutante y creadora. No solo porque ya me conocía mejor internamente, sino porque mi confianza creció gracias al acompañamiento de la maestra.
Durante mucho tiempo me había posicionado como la ejecutante que escucha y sigue instrucciones. Sin embargo, algo dentro de mí me impulsaba a proponer, a hablar y a aportar ideas desde el movimiento contemporáneo. Muchas de estas ideas estaban inspiradas en las obras y en la literatura de Mario Mendoza, un autor que no conocía antes, pero cuya visión oscura, psicológica y crítica de la sociedad conectaba profundamente con mis intereses. Retomar la lectura desde un lugar distinto (no fantástico, ni estrictamente teatral) me permitió explorar nuevas formas de creación y me ayudó a crecer como intérprete.
Esta experiencia fue especialmente significativa para mí porque, por primera vez, sentí que mis ideas estaban siendo escuchadas. Comprendí que no soy únicamente alguien que sabe escuchar, sino también alguien capaz de crear para proyectos colectivos. En muchas de mis experiencias anteriores, si el director tenía una idea, simplemente se ejecutaba lo que esa persona indicaba. En este caso fue diferente. Se trataba de una creación conjunta: varias mentes pensando al mismo tiempo, construyendo un mapa mental colectivo sobre lo que queríamos narrar.
A partir de ese momento comencé a crear desde mis propias ideas sin el miedo constante a que otras personas juzgaran mis propuestas. También entendí que muchas de las ideas que había reprimido durante mucho tiempo eran valiosas, y que las personas a mi alrededor comenzaban a reconocerlo.
MÁS ALLÁ DE LA ESCENA
Después de tanto tiempo necesitando pausas para respirar, sentía que ahora pensar, planear y crear desde otro lugar podía ayudarme a explorar el arte desde una perspectiva distinta. Si bien ya conocía la escena desde el punto de vista de la iluminación, era hora de descubrir qué había más allá.
Ensamble de Taller de Producción Escénica, con María Paula Franky, y Ensamble de Creadores Gestores Espacios, con Manuela Valdiri, fueron mi manera de salir del escenario por un tiempo. Me concentré en observar, analizar y explorar otras posibilidades dentro del arte que no implicaran necesariamente mover mi cuerpo, algo que a la Isabella del ciclo básico le habría parecido imposible.
Mi experiencia como productora no fue negativa. La temporada de ensambles siempre está llena de emociones intensas. La presión por lograr que todo salga perfecto puede consumirnos. A mí me ocurrió, especialmente porque el ensamble que produje era uno de aquellos que muchas personas pensaban que no iba a ser “bueno” o “emocionante”. Esa percepción podría haberme desmotivado o haberme llevado a dar mi menor esfuerzo. Pero, siendo una persona tan perfeccionista, me era imposible pensar en trabajar de esa manera.
Fue en el rol de productora donde entendí con mayor claridad que la escena no se sostiene únicamente gracias a quienes se enfrentan al público. También existe una responsabilidad enorme en el equipo que trabaja detrás: quienes organizan los tiempos, quienes garantizan que la utilería esté lista, quienes construyen la atmósfera sonora y espacial tal como fue pensada. Esta experiencia me permitió valorar mucho más todo lo que ocurre alrededor de la escena. Fue una experiencia retadora, pero al mismo tiempo muy enriquecedora, y me hizo pensar en nuevas posibilidades para mi desarrollo artístico.
Por otro lado, descubrí que las oportunidades dentro del arte no se limitan únicamente a lo que ocurre en el escenario. Ensamble de Creadores Gestores Espacios me movilizó creativamente desde otro lugar.
Durante mucho tiempo pensé que el trabajo como bailarina estaba limitado a los grupos ya establecidos dentro del gremio. Sin embargo, esta experiencia me permitió comprender que también existe la posibilidad de crear nuevos espacios, nuevos colectivos y nuevas formas de trabajo sin depender exclusivamente de estructuras ya existentes. Desarrollar un proyecto junto a mis compañeras de clase, que, aunque no estaba completamente separado de la escena, sí habría nuevas rutas de creación. Comprendí que no todo estaba perdido. Siempre hay algo que hacer, siempre hay algo que crear; solo necesitaba adquirir el conocimiento necesario para transformar esas ideas en algo más grande.
LA FELICIDAD EN EL RIESGO
Retrocediendo un poco en el tiempo y dejando momentáneamente de lado mi carrera universitaria, antes de decidir que la carrera de Artes Escénicas ocuparía los siguientes cinco años de mi vida, competía en eventos de danza con mi colegio. Bailaba principalmente jazz, competí en Estados Unidos y durante tres años participé en competencias nacionales con el equipo de POM dance.
Al ingresar a la carrera dejé de lado las academias de baile, los entrenamientos externos y el aprendizaje de nuevas técnicas. Sentía que el tiempo no me alcanzaba y que mi cuerpo ya no estaba en su mejor momento para continuar con ese tipo de exigencia. Aun así, algo dentro de mí quería regresar a ese mundo.
Esta idea de volver a sentir la adrenalina, el entrenamiento constante y la motivación de competir comenzó a aparecer nuevamente en mi vida. Fue en este último año cuando decidí seguir ese impulso e ingresar a mi actual academia de baile: The Space Dance Studio. Sin duda, fue una de las mejores decisiones que he tomado en mucho tiempo.
La ansiedad de empezar algo nuevo me revolvía el estómago. Digo nuevo porque, aunque llevaba años bailando, antes de la carrera y durante gran parte de ella, mi formación había estado centrada principalmente en técnicas más clásicas. El jazz, el ballet y la danza contemporánea eran lenguajes que mi cuerpo ya conocía casi de forma automática. Pero en esta academia el desafío era diferente. El tipo de competencia al que me enfrentaría era algo que nunca había hecho antes: danza urbana.
Aunque tenía algunas bases de hip hop gracias a mi academia anterior, entrenarlo de manera constante era una experiencia completamente nueva. Mi cuerpo no respondía con la misma facilidad, especialmente porque la danza clásica tiende a buscar líneas más limpias y estéticas, mientras que la danza urbana trabaja desde una energía más fuerte, más directa y, de cierta manera, más cruda. Fue en este proceso donde mi zona de confort comenzó a desmoronarse. Aprendí que mi cuerpo también podía habitar otros lenguajes y otras formas de movimiento.
Retomar la vida competitiva no fue fácil al principio. No por falta de disciplina, sino porque me enfrentaba a algo desconocido. Sin embargo, esa misma novedad era lo que me emocionaba cada día más. Perderme algunas celebraciones o momentos de ocio fue difícil, pero había encontrado una nueva motivación en mi vida. Y llegó en el momento justo, cuando atravesaba múltiples cambios personales.
APRENDER A INCOMODARME
Últimos semestres
El miedo de hacer cosas fuera de mi zona de confort siempre me ha generado ansiedad. Sin embargo, al ser un año lleno de cambios y mi última oportunidad para intentar algo diferente dentro de la universidad, decidí aprovechar esa oportunidad para salir de mi zona de confort. Mi experiencia en Laboratorio de Exploración Audiovisual, con David Moncada y David Cáceres, fue positiva. Descubrí que la simpleza de estar detrás de una cámara me generaba felicidad.
Entre los diferentes proyectos que realizamos, el que más me hizo sentir que algo podía surgir de esta nueva exploración fue “Hambre de nada”, un filminuto que creamos con mis compañeras Paula Delgadillo y Mariana Hernández, donde logramos contar una historia sin necesidad de palabras. Esta clase despertó en mí un interés inesperado por las posibilidades creativas que existen más allá del cuerpo. Comprendí que también es posible crear a partir de ideas que se materializan en herramientas tan cotidianas hoy en día como un celular.
Después de este laboratorio, decidí inscribir la Técnica Básica de Actuación para la Cámara, con Andrés Castañeda e Isabel Gaona. No diría que fue mi peor experiencia durante la carrera, pero sí fue la experiencia que confirmó que la actuación no es para mí. Incluso llegué a pensar que el gremio de la actuación puede llegar a ser igual de complejo que el de la danza.
Durante esta técnica básica llegué a varias conclusiones. Existen personas extremadamente talentosas cuya trayectoria habla por sí sola y que logran comprender el arte desde lugares muy distintos. Pero, también entendí que, al igual que en la danza, ser buen ejecutante no necesariamente significa ser un buen maestro o tener la vocación para enseñar.
A partir de esta experiencia comencé a cuestionarme las formas de enseñanza que utilizan algunos profesores. Estar en esa clase me hizo entender que el talento y la dedicación pueden llevarte muy lejos, pero saber enseñar y lograr que los estudiantes comprendan lo que se intenta transmitir es algo completamente distinto. Fue precisamente en este momento cuando surgió una pregunta que aún me acompaña: ¿Se puede aprender realmente cuando el punto de partida del profesor no es el mismo que el del estudiante?
De ahí surgieron más preguntas sobre la pedagogía. Al final del día, los maestros tienen un impacto profundo en sus estudiantes. Entonces ¿cómo debería construirse un espacio de aprendizaje cuando los niveles de experiencia son tan distintos? Aunque disfruto profundamente ser ejecutante, también me interesa desarrollar la creación y la dirección por fuera de la escena. Sin embargo, experiencias como esta me llevan a cuestionarme cómo puedo ir más allá y asegurarme de que no sea solamente el “ser buena en lo que hago” lo que me defina, sino también la capacidad de transmitir conocimientos a otras personas. Bajo mi punto de vista, los buenos maestros no son únicamente los que enseñan técnicas, sino aquellos que logran inspirar a sus estudiantes.
LO DESCONOCIDAMENTE CONOCIDO
amor por lo que termina… y también por lo que empieza
Al estar repitiendo el laboratorio, dejé que una frase guiara todo mi proceso: “me arrancaría el corazón para dártelo”. Durante ese momento de mi vida personal ocurrieron cambios repentinos que movilizaron profundamente mis emociones. Esos cambios no solo afectaron mi forma de relacionarme con los demás, sino también la manera en la que entendía mi propia sensibilidad.
La creación de esta pieza me permitió reconocer que el dolor también puede ser un lugar de construcción. No quería hablar únicamente de una ruptura o de una pérdida, sino de la forma en que el cuerpo intenta comprender aquello que no siempre puede explicarse con palabras. Allí encontré una nueva manera de moverme: una que no buscaba demostrar fuerza todo el tiempo, sino permitir que la vulnerabilidad también tuviera presencia.
Este proceso me ayudó a entender que no todo lo desconocido es completamente ajeno. A veces lo desconocido aparece como una emoción que ya estaba dentro de nosotros, pero que todavía no habíamos sabido nombrar. Por eso esta experiencia fue, al mismo tiempo, extraña y familiar. Era desconocida porque me obligaba a enfrentarme a nuevas preguntas, pero conocida porque nacía de algo profundamente mío.
HAY QUE SEGUIR ADELANTE
Mirando hacia atrás, puedo reconocer que mi camino dentro de la carrera no ha sido lineal. Ha estado lleno de momentos de felicidad, de agotamiento, de dudas, de bloqueos, de descubrimientos y de decisiones difíciles. Sin embargo, cada una de esas experiencias me permitió entender algo distinto sobre mi cuerpo, mi historia y mi forma de crear.
Si bien no todo fue color de rosa durante la carrera, siempre tuve momentos de reflexión sobre lo que sería de mí en el futuro y, aun así, nunca desistí. A pesar de los dolores, las malas notas, los bloqueos creativos y la falta de emoción que a veces sentía, siempre me repetía lo mismo: esta es la vida que elegí.
Elegir la danza no significa tener claridad todo el tiempo. Tampoco significa estar siempre motivada o segura del camino. Para mí, elegir la danza ha sido aceptar que el movimiento también aparece en la duda, en la pausa, en el cansancio y en la búsqueda constante de sentido.
Tal vez todavía no tenga todas las respuestas. Pero ahora sé que seguir preguntándome, seguir moviéndome y seguir explorando también hace parte de construir mi camino como bailarina. Y mientras mi esqueleto siga moviéndose, sabré que sigo encontrando mi lugar.